¿Por qué ir a Misa el Domingo? |
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El domingo es la fiesta cristiana por excelencia. Desde los tiempos de los Apóstoles hasta nuestros días, los cristianos hemos dedicado este día a dar culto a Dios mediante la participación en la Santa Misa. Sin
embargo en ocasiones se nos presentan dificultades -personales, motivadas por
el ambiente, etc.- que nos impiden
continuar con esta tradición. Es más, puede darse que la Santa Misa, que es lo
más grande que puede tener lugar en un día, nos resulte una obligación costosa,
aburrida, que no nos dice nada. Si sucede esto quizás sea porque no sabemos qué
es la Santa Misa, qué ocurre cada vez que un sacerdote celebra la Eucaristía. En
estas líneas (*) ofrecemos algunas
ideas básicas de la doctrina católica
que ponen de relieve la importancia capital de la Misa. Su lectura y meditación
nos estimularán a participar con piedad en la Misa de cada domingo, sin dejarla
nunca. Como nos recuerda Juan Pablo II, ante las nuevas situaciones socioeconómicas y culturales “parece necesario más que nunca recuperar las motivaciones doctrinales profundas que son la base del precepto eclesial, para que todos los fieles vean muy claro el valor irrenunciable del domingo en la vida cristiana” (Juan Pablo II, Carta Ap. Dies Domini,n. 6).
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El Precepto de Dar Culto A Dios |
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Al asistir al Santo Sacrificio de la Misa cumplimos
el precepto natural (que tiene todo hombre, cristiano o no) de dar culto a
Dios. Para un cristiano, este precepto natural está explícitamente señalado por
Dios en el tercer mandamiento del Decálogo: "Santificarás las
fiestas" (Cfr. Deuteronomio V, 12). La obligatoriedad y gravedad del mandamiento tiene su origen en el mismo Dios que, cuando creó el mundo en seis días, descansó el séptimo día y lo santificó (cfr. Génesis II, 2-3). No ha sido, pues la Iglesia quien nos ha impuesto la obligación de dar culto a Dios. Lo único que hace es concretar para todos los católicos de qué modo y cuándo hemos de darle culto. Para ello promulga unas leyes apoyándose en serias y rigurosas razones que, en el caso de la asistencia a la Misa dominical, son las que brevemente veremos a continuación.
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¿Por qué la Misa? |
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Muchos son los que estarían dispuestos a cambiar la
asistencia al Sacrificio del altar por otra obra piadosa que ellos “sintiesen”
más. ¿Por qué –se preguntan- hemos de dar culto a Dios a través de la
asistencia a la Misa? La respuesta es doble: a) La
Santa Misa es la renovación incruenta (sin derramamiento de sangre) del
Sacrificio de Jesucristo en el Calvario. Por tanto, supera con creces cualquier
obra buena que nosotros podamos hacer aun en el caso de que esa obra la hagamos
poniendo un gran sentimiento, o represente mucho para nosotros. Una sola Misa
vale mucho más -da más gloria a Dios- que todas las oraciones juntas de todos
los santos de la historia incluida la Virgen. La razón es que la Sagrada
Eucaristía es una acción de Jesucristo y, como Jesucristo es Dios, es una
acción divina. b) Además, cuando Jesucristo instituyó la Eucaristía en la Ultima Cena con sus apóstoles, les dice, mandándoles: "Haced esto en memoria mía" (Lucas XXII, 19).
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¿Por qué el domingo? |
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Las razones de por qué es el domingo el día que
tenemos obligación de asistir a la misa pueden resumirse en estas dos: a)
El séptimo día de la semana Dios descansó y lo santificó (cfr.
Génesis, II, 2-3). Descanso en el trabajo y culto a Dios son dos actividades
que siempre se han dado juntas. Quedarse con el descanso-diversión del domingo
olvidando por completo el descanso-culto a Dios es quitar algo que Dios ha
puesto en la vida de los hombres desde la Creación. b) Jesucristo resucitó “el primer día de la semana”, es decir, el domingo. El origen del domingo cristiano (dies Domini = día del Señor) está en la Resurrección del Señor, hecho histórico del que se parte y alrededor del cual gira toda la vida cristiana desde los primeros momentos.
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La Santa Misa es el centro de la vida cristiana |
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El Concilio Vaticano II nos enseña que la Santa Misa
debe ser el centro y la raíz de la vida cristiana. Efectivamente, cuando
tenemos una necesidad urgente pedimos al sacerdote que rece en la Misa; cuando
queremos dar gracias a Dios por algo que nos ha salido bien, asistimos a ella
porque nos consideramos en deuda con El; cuando fallece un familiar, nuestra
piedad nos impulsa a “encargar” una Misa al sacerdote. Hace
años el papa Pío XII comentaba: “Debe ser el domingo el día para descansar en
Dios, para adorar, suplicar, dar gracias, invocar del Señor el perdón de las
culpas cometidas en la semana pasada, y pedirle gracias de luz y de fuerza
espiritual para los días de la semana que comienza” (Pío XII, Discurso,
13-III-1943). Y Juan Pablo II escribe: “Grande es ciertamente la riqueza espiritual y pastoral del domingo, tal como la tradición nos lo ha transmitido. El domingo, considerando globalmente sus significados y sus implicaciones, es como una síntesis de la vida cristiana y una condición para vivirlo bien. Se comprende, pues por qué la observancia del día del Señor signifique tanto para la Iglesia y sea una verdadera y precisa obligación dentro de la disciplina eclesial. Sin embargo, esta observancia, antes que un precepto, debe sentirse como una exigencia inscrita profundamente en la existencia cristiana. Es de importancia capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir su fe, con la participación plena en la vida de la comunidad cristiana, sin tomar parte regularmente en la asamblea eucarística dominical (...). La gracia que mana de esta fuente renueva a los hombres, la vida y la historia”. (Juan Pablo II, Carta Ap. Dies Domini, n. 81).
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La asistencia a Misa constituye |
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La Santa Misa, como se ve, es mucho más que una
obligación. Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿por qué, entonces, la
asistencia a Misa obliga bajo pena de pecado grave? En un principio no hacía
falta esta obligación, ya que todos los cristianos acudían conscientes de su
importancia. Pero sucede que los hombres nos acostumbramos a las cosas buenas y
con frecuencia caemos en la rutina, en la dejadez y el olvido. Con palabras
semejantes, nos recuerda Juan Pablo II: “la Iglesia no ha cesado de afirmar
esta obligación de conciencia, basada en una exigencia interior que los
cristianos de los primeros siglos sentían con tanta fuerza, aunque al principio
no se consideró necesario prescribirla. Sólo más tarde, ante la tibieza o
negligencia de algunos ha debido explicitar el deber de participar en la misa
dominical” (Carta Ap. Dies Domini, n. 47). Por
eso la Iglesia, para ayudarnos a superar esas naturales inclinaciones nos puso
este mandamiento: Oír misa entera los domingos y demás fiestas de
precepto “El
primer mandamiento (‘oír misa entera los domingos y demás fiestas de precepto y
no realizar trabajos serviles’) exige a los fieles que santifiquen el día en el
cual se conmemora la Resurrección del Señor y las fiestas litúrgicas
principales en honor de los misterios del Señor, de la Santísima Virgen María y
de los santos, en primer lugar participando en la celebración eucarística, y
descansando de aquellos trabajos y ocupaciones que puedan impedir esa
santificación de estos días” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2042). Esta
asistencia tiene lugar el domingo y el día festivo, o la víspera por la tarde,
normalmente en la parroquia. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “la Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio. Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave” (nº 2181). Como el precepto obliga antes de la mayoría de edad (desde que los niños alcanzan el uso de razón) sobre los padres y tutores pesa la responsabilidad grave de facilitar su cumplimiento a los hijos en esas edades, aun en los casos en los que los padres y tutores no practiquen. |
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Algunas recomendaciones de Juan Pablo II sobre la asistencia A Misa |
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“Respetad
la santidad del domingo. Id a Misa todos los
domingos. En la Misa, el Pueblo de Dios se reúne en unidad en torno al altar
para adorar a Dios e interceder. En la Misa actuáis el gran privilegio de
vuestro Bautismo: alabar a Dios en unión con Cristo, su Hijo, alabarle en unión
con la Iglesia” (Homilía, 29-V-1982). “Deseo
recomendaros la participación en la Santa Misa de los días festivos.
Comprometeos a no faltar nunca. El cristiano es el hombre de la Santa Misa
porque ha comprendido que Cristo renueva para él su sacrificio redentor”
(Homilía, 14-III-1982). “La
Misa festiva es la base de todo, y debo pediros que no la omitáis, que seáis
asiduos a ella, que, cada domingo y cada fiesta, os sintáis invitados por el
Señor para encontrarlo juntos, en torno a la doble mesa de la Palabra y del
Cuerpo de Cristo” (Homilía, 10-III-1985). “Quisiera
hoy invitar a todos con fuerza a descubrir de nuevo el domingo: ¡No tengáis
miedo de dar vuestro tiempo a Cristo! Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para
que él lo pueda iluminar y dirigir. (...) El tiempo ofrecido a Cristo nunca es
un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de
nuestras relaciones y de nuestra vida” (Carta Ap. Dies Domini, n. 7). Ignasi Sala / Fernando
Arévalo |
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| (*) Este folleto es una adaptación del folleto del mismo título de Ignasi Sala. En él incluimos algunos textos y referencias al documento del Papa Juan Pablo II dirigido a todos los cristianos: la Carta Apostólica Dies Domini (“El Día del Señor”) , escrita el 31.V.1998. Se trata de una reflexión catequética y pastoral sobre la santificación del domingo. Es el primer documento pontificio en la historia de la Iglesia dedicado a la fiesta dominical. Además hemos actualizado las referencias al Catecismo de la Iglesia Católica de acuerdo con las modificaciones incluidas en la Edición Típica Latina. | |