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Nunca están cerradas
todas las puertas
mientras estemos vivos.
(José Luis Martín Descalzo)
La
sordera de Dios
«Me siento engañada. Me
habían dicho que Dios era bueno y protegía y amaba a
los buenos, que la oración era omnipotente, que Dios
concedía todo lo que se le pedía.
»¿Por qué Dios se ha
vuelto sordo a lo que le pido? ¿Por qué no me
escucha? ¿Por qué permite que esté sufriendo tanto?
»Empiezo a pensar que
detrás de ese nombre, Dios, no hay nada. Que es todo
una gigantesca fábula. Que me han engañado como a
una tonta desde que nací».
Esta queja, amarga y
crispada, de una mujer afligida por una serie de
desgracias, corresponde a un tipo de quejas de las
más antiguas que se escuchan contra Dios. Y al hecho
de ser actitudes muy poco apropiadas para la
oración, se une el hecho de que, en muchos casos,
lamentablemente, son las primeras palabras que esa
persona dirige hacia Dios en mucho tiempo. Y si no
reciben rápidamente un consuelo a su medida,
tacharán a Dios de ser sordo a sus peticiones. Son
ese tipo de personas –decía Martín Descalzo– que
tienen a Dios como un aviador su paracaídas: para
los casos de emergencia, pero esperando no tener que
usarlo jamás.
Visión
utilitarista de Dios
Al parecer, su dios era
algo que servía para hacerla feliz a ella, y no ella
alguien destinada a servir a Dios. Su dios era bueno
en la medida que le concedía lo que ella deseaba,
pero dejaba de ser bueno cuando le hacía marchar por
un camino más costoso o difícil.
Con la oración, nos
dirigimos a Dios y le expresamos nuestras
inquietudes y preocupaciones. Es cierto que con la
oración Dios nos concede lo que le pedimos, pero
solo cuando eso que pedimos sea lo que realmente
necesitamos. No tendría sentido que nos concediera
cosas que no nos convienen, y el hombre no siempre
acierta a saber qué es realmente mejor para él. La
buena oración no es la que logra que Dios quiera lo
que yo quiero, sino la que logra que yo llegue a
querer lo que quiere Dios.
Tratar a Dios como a un
fontanero, del que solo nos acordamos cuando los
grifos marchan mal, denotaría una visión
utilitarista de Dios. Amar a Dios porque nos resulta
rentable es confundir a Dios con un buen negocio,
una instrumentalización egoísta de Dios. Un dolor,
por grande que sea, puede ser el momento verdadero
en que tenemos que demostrar si amamos a Dios o nos
limitamos a utilizarlo.
Es verdad que el
sufrimiento es a veces difícil de aceptar y de
entender. Pero nuestros sufrimientos –ha escrito la
Madre Teresa– son como caricias bondadosas de Dios,
llamándonos para que nos volvamos a Él, y para
hacernos reconocer que no somos nosotros los que
controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien
tiene el control, y podemos confiar plenamente en
Él.
Son muchos los males que
afligen al mundo y a nuestra propia vida, pero eso
no debe llevarnos al pesimismo, sino a la lucha por
la victoria del bien. Y esta lucha por la victoria
del bien en el hombre y en el mundo nos recuerda la
necesidad de rezar.
La
oración... ¿no es hablar solo?
Una profesora explica a
sus alumnos de nueve años un ejercicio práctico. Un
grupo debe sembrar unas semillas en dos macetas y
ponerlas junto a la ventana del aula. Luego, ese
mismo grupo se encargará de regar todos los días el
primero de esos dos tiestos. El resto de los alumnos
se dedicará a rezar para que germine lo que han
sembrado en el segundo, pero sin echar una sola gota
de agua. El resultado en las mentes de los chicos es
fácil de imaginar: el aplastante peso de la realidad
les hace ver que rezar es una gran ingenuidad,
puesto que de la primera maceta pronto brotó una
hermosa planta, y en cambio de la segunda la oración
no consiguió absolutamente nada.
He recordado esta
anécdota, que sucedió realmente, porque a veces nos
hacemos una idea de la oración casi tan extraña como
la que aquella profesora quería inculcar en sus
alumnos.
La fe y la esperanza
cristianas no son ese balido paciente de ovejas
cobardes con que algunos parecen identificarlo:
* El que reza no puede
pretender que Dios haga el trabajo que le
corresponde hacer a él.
* La oración no es una
simple espera de que alguien venga a resolver lo que
nosotros hemos de resolver.
* Ni es la aceptación
cansina de errores o injusticias que estaría en
nuestra mano atajar.
* Tampoco es un vano y
supersticioso intento de obtener un poder oculto
sobre los bienes de este mundo.
Rezar no es una especie
de diálogo de un maníaco con su sombra. La oración
es algo muy distinto, y millones de seres humanos
han encontrado en ella a lo largo de los siglos, no
solo consuelo, sino una luz y una fortaleza grandes.
No son pocos los que
desdeñan o incluso se pitorrean ante la misma idea
de la oración. Hablan con sarcasmo de todo lo que
suponga rezar a Dios para que se resuelva un
problema social o se abrevie cualquier desgracia o
maldad humana. Los que se burlan de todo eso –señala
Juan Manuel de Prada– son los mismos que luego
solucionan el mundo cada día, ensartando rutinarias
condenas o repitiendo cansinas obviedades. ¿Acaso
son más eficaces esas manifestaciones de protesta o
sus expresiones archisabidas de lamento? Si nos
burlamos de la palabra musitada en soledad, si
encontramos irrisorio el coloquio con Dios, en el
que el hombre emplea todas sus potencias
intelectuales (la imaginación y la memoria, la
inteligencia y la voluntad), a las que suma el
fervoroso deseo, ¿no deberíamos también carcajearnos
de cualquier otra reacción pacífica?
¿Por qué ese regodeo de
algunos en negar y pisotear la posibilidad del
misterio? Un rezo no va a imponer nuestros anhelos a
la realidad, pero puede que, al conjuro de esas
palabras, nuestra pobre naturaleza humana, desvalida
y apabullada, ascienda sobre el barro de sus
debilidades y halle una luz que le infunda fortaleza
y convicciones. Esas palabras que pujan por
encontrar un interlocutor sobrenatural no son
ridículas, ni estériles, ni pazguatas; son la
expresión de hombres que se resisten a desfallecer y
claman justicia y enarbolan la voz, como un incienso
votivo, para contrarrestar la fuerza de la maldad.
—Pero
muchos dicen que han intentado hablar con Dios y no
oyen ninguna respuesta..., que no escuchan nada en
la oración, que es algo inútil.
Nadie profano en la
música consideraría inútil un piano por el simple
hecho de haber obtenido una penosa melodía al
teclearlo al azar. El problema no es que la oración
sea inútil, sino que hay que aprender a hacer
oración. Y en la oración no escucharemos ninguna
respuesta con voz de ultratumba que nos hable
solemnemente. La oración no es cosa de fantasías. La
respuesta se escucha con el corazón.
Es en el silencio del
corazón donde habla Dios. Dios es amigo de ese
silencio. Y necesitamos escuchar a Dios, porque lo
que importa no es lo que nosotros le decimos, sino
sobre todo lo que Él nos hace ver.
Dios no habla demasiado
alto, pero nos habla una y otra vez a través de todo
lo que nos sucede. Oírle depende de que, como
receptores, logremos estar en buena sintonía con el
emisor, que es Dios, y sepamos vencer las muchas
interferencias que a veces produce nuestro propio
estilo de vida. Así escucharemos lo que nos pide, o
lo que nos reprocha, y caeremos en la cuenta de lo
que espera de nosotros.
Algunos pensarán que orar
es cosa de sugestión. Sin embargo, quienes
verdaderamente tratan con cercanía y profundidad a
Dios mediante la oración son más reflexivos, más
ponderados, más certeros en sus juicios, con una
humanidad más sensible.
—¿Y con
tanto rezar, no corren peligro de alejarse un poco
de la realidad?
El silencio interior –el
que Dios realmente bendice– no aísla jamás a las
personas de los otros seres. Al contrario, les hace
comprenderlos mejor, entrar más en su interior. La
verdadera oración otorga al hombre una madurez, un
equilibrio de alma y unos modos sensatos y profundos
de entender la vida propia y la de los demás.
La oración enriquece
enormemente a cualquier persona que la practique.
Buscar unos minutos al día de pausa cordial para el
encuentro con Dios en el fondo del alma, elevándose
un poco por encima del trajín y el ruido de nuestras
actividades cotidianas, dejando por un rato esas
preocupaciones que agobian (o precisamente tratando
de ellas en la presencia de Dios); y tomar, por
ejemplo, el Evangelio, o cualquier libro que nos
ayude a elevar nuestro pensamiento hacia Él; y leer
una frase, unas pocas líneas, y dejarlas calar
dentro de sí, como la lluvia cae sobre la tierra.
Eso, aunque solo sea unos pocos minutos, pero cada
día, a la vuelta de poco tiempo produce un
sorprendente enriquecimiento interior. |