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Categoría: ESPIRITUALIDAD

La alegría del arrepentimiento


Las últimas palabras de Jesús en la Cruz son nuestra medicina: “Padre perdónales, que no saben lo que hacen”. Y derramaba su SANGRE para CURARNOS, perdonándonos del pecado.

            A veces tenemos molestias, dolores, heridas, que no nos dejan vivir. Especialmente las que producen nuestros pecados. ¡Cómo pesa el haber mentido! ¡Cuánto duele haber insultado! ¡Cómo escuece el rencor! ¡Qué tristeza amarga dejan los pensamientos y actos impuros! ¡Qué soledad se siente al ser egoísta! Lo curioso es que hay gente acostumbrada a malvivir así.

            Hace años me explicaba un joven drogadicto la grandeza de la confesión. Nunca había oído una explicación mejor. Me contaba que él ya había confesado a su psicólogo y a sus compañeros, todas las barbaridades cometidas en su vida. Incluso las había puesto por escrito y leído delante de sus familiares. Pero no se quedaba tranquilo. Y recordaba que cuando era pequeño, antes de hacer su Primera Comunión, se CONFESÓ y después de confesar sus pecados de niño, oyó la voz amable del sacerdote decirle: “YO TE ABSUELVO DE TUS PECADOS, en el nombre del PADRE, y del HIJO y del ESPÍRITU SANTO”. ¡Qué peso me quitó de encima oír estas palabras de perdón! Todo quedaba borrado. DIOS mismo me perdona, borra todas mis faltas. Y además me transmite su FUERZA para VENCER al mal, con la fuerza de su Gracia.

            Esta MEDICINA DE DIOS, es su MISERICORDIA,  que nos llega por medio del PERDON de los pecados en el Sacramento de la Confesión. Por nuestra parte, solo tenemos que ser buenos enfermos. Contar con sencillez lo que nos pesa, lo que nos duele, lo que nos escuece y  entristece, y estar dispuestos a seguir el tratamiento. Aquel enfermo que se acercó a Jesús nos puede servir de modelo: “Señor, si quieres, puedes curarme”.

            A la Madre Teresa de Calcuta le preguntó un periodista curioso: “¿Y usted también se confiesa, Madre?, y ella contestó –todas las semanas-. Es lógico por tanto que estuviese tan SANA, tan SANTA. Y si te fijas, les ha sucedido a todos los santos y santas. Han acudido al MEDICO DIVINO buscando su medicina en la Confesión, para vivir en GRACIA.

            Un Dios Padre que perdona a sus hijos, es en el que creemos los cristianos. Hay gente que no perdona, o que perdona de boquilla pero realmente no olvida. Y Dios perdona todo y olvida para siempre.

            Nuestra Madre la Iglesia nos recuerda, la obligación de confesar una vez al año, o en peligro de muerte, o si vamos a Comulgar y tenemos conciencia de algún pecado grave.

El que quiere vivir como buen hijo de Dios, muchas veces al día hace como el hijo pródigo de la parábola: vuelve a su Padre y le pide perdón por haber hablado, pensado, actuado como si no fuera hijo de Dios; y dice: ¡Padre perdóname!. ¡Padre ayúdame a no caer! ¡Padre ilumíname para no elegir el mal!...Y El nos dice a cada momento: Hijo mío “te basta mi Gracia”, “yo no te condeno, vete y no peques más”, “pasa al banquete de tu Señor”, come y bebe del Cuerpo y Sangre de mi Hijo para ser más como El.

Si no vives más feliz es porque no quieres, la CONFESIÓN es el Sacramento de la ALEGRÍA. Hay mas alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse. ¿A qué esperas? ¡Confiesa e invita a tus amig@s a la alegría de confesarse!

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