Testimonios sobre Benedicto XVI

Fuente: Buenas Noticias - catholic.net

 

Me dieron ganas de abrazarlo

Alfredo Jasso
En 1998 tuve la fortuna de conocer al entonces Cardenal Ratzinger.

Estábamos saliendo de la audiencia del miércoles con el gran Papa Juan Pablo II. Yo me separé un poco del grupo, porque estábamos buscando el camión que nos regresaría a casa, y todos caminaban muy lento.

Estaba andando por la acera que da a la ciudad del Vaticano, cuando en una de sus salidas veo venir al Cardenal. Yo no sabía quién era. Para mí solo era un padrecito muy simpático que me sonreía. Y, como casi no soy de hacer nuevas amistades, pues que me planto ahí, le sonrío también y lo espero. Llegó conmigo y me saludó. Me preguntó que quién era y que qué hacía. Yo le dije que era Alfredo Jasso, de México y estaba en un curso de formación.

Entonces le pregunté que de dónde era él. Me contestó que de Freising. Yo me congratulé con él porque conocía su pueblito en Baviera.

En eso, llegó el sacerdote que nos acompañaba y lo saludó muy respetuosamente. Yo pensé que era una coincidencia que el padre conociera a este sacerdote de entre tantos que trabajan en el Vaticano. Y como vi que ya estábamos todos en confianza (ya habían llegado también todos mis amigos) pues que propongo que nos tomen una foto. Y sin más ni menos, lo abrazo (el Cardenal me inspiraba mucha confianza y sencillez) y nos toman nuestras ahora tan famosas fotos.

Después de que el padre me informara quién era y me jalara un poco las orejas por ser tan campechano con la mano derecha del Papa, me puso a leer su libro-entrevista con Vittorio Messori, Informe sobre la Fe. El “castigo” me sirvió para conocer a quién mi buena fortuna me acababa de llevar a encontrar.

Algo que sí quiero mencionar, y sobre todo ahora que se ha convertido, por gracia de Dios, en nuestro querido Benedicto XVI, es que cuando lo conocí venía caminando solo, abrazó a unos jóvenes mexicanos que ni conocía, platicó con ellos, para luego internarse en las calles de Roma, otra vez solo. No me acuerdo si se subió a un auto más adelante, pero me impactó que alguien que ostentaba uno de los puestos más importantes de todo el mundo fuera tan "campechano" como nosotros fuimos con él.

Puedo decir sin temor, que ese día conocí a un Padre que, sin saber quién era, me dieron ganas de abrazarlo. A mí y a todos mis amigos, sin saber de quien se trataba, nos dio mucha felicidad conocerlo. Por eso le doy gracias a Dios que, por la sencillez y humildad del antes Cardenal, pudiera abrazar al que ahora es nuestro querido Papa Benedicto XVI.

Un hombre que vive sirviendo a sus hermanos

Alberto Redondo
El día se levantó con un aire frío que venía del oriente. Eran las seis de la mañana. Madrugué porque tenía que tomar a tiempo el tren que me dirigiría al Vaticano. Ese día, en el Cementerio Teutónico, el Card. Ratzinger celebraría una misa a la siete.

Ya en el tren todavía me preguntaba cómo me decidí ir. No hablo alemán y la misa sería en este idioma. No me gusta levantarme temprano y tendría que «mañanear». El buen ánimo de un compañero de clase me dio suficiente voluntad para acudir a la cita. Era una oportunidad única que no podía desperdiciar.

Ya terminada la misa esperamos fuera de la capilla. Por aquél entonces pensaba que estábamos allí en caso de que, por casualidad, el Cardenal pasara y así le pudiéramos saludar de lejos.

Cuál fue mi sorpresa cuando vi que el Cardenal comenzaba a saludar a todos los presentes. Y no un saludo rápido, sino que más bien él hablaba y se interesaba por cada uno. Para todos tenía tiempo. A todos les dirigía unas palabras. De esta manera me di cuenta de que este hombre vivía su servicio a la Iglesia sirviendo a sus hermanos.

Llegó mi turno. Le saludé algo nervioso. No sé porqué mi compañero comenzó a hablarle en alemán y, como se podrán imaginar, yo me quedé casi fuera de la conversación. Sin embargo, en un momento el Cardenal se dirigió a mí y pude hablar con él unos instantes.

Al final de la conversación le pedí que me firmara mi Biblia. Me dijo: «¿Lo dedico a alguien?» Pensé que lo podría dedicar a mi familia, pues en unos meses celebraríamos el 25 aniversario del aniversario de las bodas de mis papás. Así pues le dije: «Para mi familia. La familia Redondo».

Él no dudó y tomando su pluma y escribió: Para la familia Redondo. Joseph Cardenal Ratzinger.

Cuando los ojos ven

Ellen McCormick
Mi mamá proviene de una familia católica y numerosa, la familia Connor; de la cual ella, a los siete años, y dos de sus hermanas, se quedaron ciegas debido a una enfermedad de la vista. Afortunadamente esto no ha sido nunca un obstáculo para ella, sino todo lo contrario, ha sido una gracia muy especial y una bendición. A pesar de su ceguera, siempre ha sido una persona normal, estudiando, viviendo y trabajando en el extranjero, adoptando niños además de los suyos propios, etc. Espiritualmente, ha sido un constante medio de fortalecer su fe y su amor.

Me resulta imposible pensar en mi madre sin pensar en Jesucristo al mismo tiempo, pues siempre ha vivido en unión con Él y con su confianza puesta en Él. Nunca olvidaré una conversación que tuve con ella cuando yo tenía 5 años. Por primera vez me di cuenta de que ella nunca había visto ni a mi papá, ni a mi hermano, ni a mí, y esto me preocupó un poco. Yo quería que ella me viera, que se diera cuenta cómo era.

Le pregunté si le resultaba difícil el no poder ver a la gente y ella me sentó sobre sus piernas, me abrazó y me respondió: «Ellen, claro que quisiera verte. Pero a la primera persona a la que voy a ver cara a cara será a Jesucristo. Este es un regalo muy especial que Él me ha otorgado y no quiero que nadie me lo quite. Estoy esperando ese momento en que lo podré ver». Esta ha sido siempre su actitud de cara a todos los aspectos de la vida: fe, gratitud, amor.

Al escuchar, el 19 de abril, que el Cardenal Ratzinger era ahora el Papa Benedicto XVI, recordé otra conversación que tuve con ella, esta vez cuando yo ya tenía 12 años, (ahora tengo 19). Mi madre siempre había querido mucho al Cardenal Ratzinger, así que todos estábamos muy familiarizados con su persona. Cuando mi hermano y yo nos portábamos mal o perdíamos el tiempo, nos ponía como compensación, escuchar casetes del Cardenal o de Fulton J. Sheen. Después de escucharlo, mi mamá nos pedía que le hiciéramos el resumen de lo que habíamos aprendido.

En una ocasión, después de haberle dicho mi resumen, mi madre empezó a hablar de él y de una de sus obras. Me parecía aburrido lo que estaba diciendo y yo sólo quería salir a jugar, así que le dije que ya estaba cansada del Cardenal Ratzinger. Inmediatamente me cogió de los hombros y me dijo: «Ellen, escúchame. No vuelvas a decir eso sobre el Cardenal Ratzinger. Él es un hombre de Dios. Además, es un sacerdote de Dios, y un sacerdote muy santo. Nunca puedes hablar mal de una persona porque nunca sabes el plan que Dios le tiene preparado. ¿Y si Dios quiere que él sea el próximo Santo Padre? Va a haber un día en que Juan Pablo II se encuentre con Jesucristo en el cielo y, entonces, tendremos un nuevo Papa aquí en la tierra. ¿Y si Ratzinger fuera el elegido por Dios para cumplir con esta misión? Uno nunca sabe. No puedes hablar mal de alguien a quien Dios ama. Tu tienes que pedir mucho por Juan Pablo II, por el próximo sucesor de Pedro, así como por el Cardenal Ratzinger y por todos los pilares de la Iglesia que fielmente cumplirán con el plan que Dios les tiene preparado».

En una ocasión, unos años más tarde, regresé a casa por la noche. Durante esa semana se había hablado de la posibilidad del que el Cardenal Ratzinger se retirara. No sabía bien si la información era creíble o no, sin embargo, sabía que mi madre estaba pidiendo mucho por él. Entré a casa de puntitas, para no hacer mucho ruido y no despertar a mi madre. Pero me di cuenta de que no estaba dormida, sino de rodillas con el rosario entre las manos, rezando por el Cardenal Ratzinger.

No parecía haberse percatado de mi presencia, ya que continuaba con su oración en voz baja: «Señor, no dejes que se retire ahora, es sólo una tentación, no lo dejes caer en ella. Ya ha hecho mucho por la Iglesia, pero todavía no ha cumplido su misión. Lo necesitamos, Señor. Dale tu gracia. Dale la gracia que yo le puedo alcanzar por medio de mis oraciones y sacrificios, y de cualquier sufrimiento que me quieras mandar. Dale la gracia que necesita para completar la misión que le has confiado. No estará solo; yo lo acompañaré con mis oraciones. Dale la gracia para que cumpla Tu voluntad. María, madre mía, te lo encomiendo a ti. Tú que acompañaste a tu Hijo al pie de la cruz, acompáñalo una vez más en la persona del Cardenal Ratzinger. Confío en Ti. Haz lo que tu Hijo quiera. Haz lo que te diga».

Jamás olvidaré esas palabras y esa plegaria de mi madre, especialmente después del 19 de abril del 2005, fecha en que, tras la muerte de Juan Pablo II, Ratzinger, elegido por Dios desde toda la eternidad, fue elegido en el Cónclave para ser el 265 Papa de la Iglesia Católica. Me da mucha paz el saber que ha sido acompañado por las oraciones de mi madre por tantos años, y que ahora continúa siendo fiel y cumpliendo la misión que le ha confiado Dios. Realmente, como su nombre lo indica, tenemos una grandísima bendición en nuestro querido Santo Padre, Benedicto XVI.

Sencillez que causa asombro

Jorge Obregón
Al igual que sucedía con Juan Pablo II, muchos estamos ahora ávidos de anécdotas e historias que nos acerquen más a nuestro nuevo pastor. Queremos vivir el pontificado con él y hacer el recorrido de la fe que pasa por él y llega a todos. En este afán, les presento dos ejemplos de la grandeza de este «humilde trabajador de la viña del Señor».

Estando en Guadalajara (México) hace unos 10 años, me dice la muchacha que nos ayudaba en casa: «Oye, escuché que hoy estará un cardenal alemán en la Madre de Dios, y que va a dar misa a las 5». Yo le contesté: «¿Quién? ¿No dijeron Ratzinger? » «¡Ese, ese…!», me respondió. Sin pensarlo dos veces, le dije que fuéramos a la misa. En el fondo, tenía mis dudas de que fuera él, pues alguien tan importante no se presenta de buenas a primeras en cualquier parte.

Qué sorpresa cuando vi, efectivamente, que el Card. Joseph Ratzinger entraba por el pasillo con algunos sacerdotes más para celebrar la Eucaristía a no más de 150 personas. Yo estaba maravillado por la sencillez del hombre que tenía enfrente.

Al final de la misa, se acercó a los que le esperábamos en el patio anterior. Nos saludó a todos, sin ningún tipo de barrera ni “prudencia” humana. Ese fue mi primer contacto real con el ahora Benedicto XVI.

Otro momento que nos habla un poco de nuestro Papa se refiere a una misa que celebró el verano de 2003. Una niña de unos 11 años aproximadamente le pidió si él podría celebrarle la misa de su Primera Comunión. Él, con su característica cercanía y espíritu paternal, aceptó.

Un diácono amigo mío estuvo ahí presente. Me contaba, con una sonrisa, que durante la homilía había visto la talla de sacerdote que era. Me decía: «Mira, cuando llegó el sermón, el Cardenal, que tiene una mente privilegiada y acostumbrado a discursos muy elevados, le habló 15 minutos a la niña sin preocuparse de los demás. Se bajó al nivel de la festejada, como si sólo estuviera ella. Sin embargo, a todos nos tenía embobados, y a la niña, ¡ni se diga!».

Realmente del cielo nos han mandado un ángel en Benedicto XVI. Ahora, él necesita de nosotros para llevar adelante el rebaño.